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Cuando la familia de un político interviene en política...

En las campañas electorales americanas es corriente el recurso a los surrogates o personas próximas al candidato, principalmente familiares, que intervienen en su nombre y le sustituyen en muchos actos. El surrogate más valioso es siempre la esposa del candidato.

Detrás de estas prácticas hay una razón de respeto a la tradición conservadora pero, también, otra de eficiencia. En una campaña electoral norteamericana se trata de reiterar el mensaje por todos los medios posibles y con la mayor intensidad. Integrar a la familia en la campaña es, pues, una medida de eficiencia.

De otra parte, la esposa puede proporcionar a los ciudadanos y, en definitiva, a los electores, mucha información sobre el candidato. Sería el caso de Michelle Obama, de Hillary Clinton (Rodham) y de Cherie Blair (Booth), o de la esposa del presidente Bartlett en la serie televisiva West Wing. En todos estos casos, se trata de profesionales de éxito al margen de la referencia de sus maridos.

En el caso de la Presidencia de Estados Unidos, es frecuente que la esposa o primera dama asuma el impulso de alguna política. Fue el caso de Hillary Clinton con su liderazgo de la –entonces fracasada- reforma sanitaria y es el de Michelle Obama con su dedicación a las causas de la buena alimentación y de la ecología en general.

Los valores familiares presentes en la vida pública y más concretamente en la política se derivan en buena medida de la herencia puritana de los padres fundadores. La colonización fue, después de todo, una colonización familiar al igual que la conquista del oeste.

Son posiciones que han adquirido una renovada fuerza como consecuencia de la revolución conservadora que sale a la superficie con Ronald Reagan en los ochenta.

La confluencia de los llamados valores familiares con la actividad política es lo que finalmente conduce a la imposibilidad de separar la dimensión pública de la privada en los recurrentes escándalos de infidelidad. Es, en todo caso, un fenómeno relativamente reciente. Roosevelt, Eisenhower, Kennedy o Johnson no hubieran podido sobrevivir al escrutinio de nuestros tiempos.

En Europa se registra una mayor separación entre la política y la familia. Y, como consecuencia, una menor atención pública a los deslices en el ámbito matrimonial. En los más altos niveles de la política francesa se han dado situaciones que han entrado en la leyenda, como el pacto de mutuo silencio que se asegura que se estableció entre Giscard y Mitterrand.

La presión mediática ha tenido el efecto de acercar a Europa algunas de las pautas propias de la política de Estados Unidos. Serían los casos de Sarkozy y Carla Bruni, o en menor medida el matrimonio Cameron y el de las dificultades de la esposa de Hollande por delimitar su rol.

En general, el recurso a la utilización de la mujer/esposa/madre en la política está particularmente anclado en los partidos más conservadores.

Son sintomáticos los casos de Ana Botella, “una mujer mujer”, y de Marta Ferrusola “això és una dona” (esto es una mujer). El caso de Barbara Bush, la esposa del presidente Bush padre, es también espectacular como reflejo de un rol de matriarca familiar. Puede ser una tendencia observable que, en estos casos, la esposa sea una referencia ideológica más extrema que el marido.

Aunque esa tendencia se daría también en la izquierda. Las esposas de Clinton, Obama y del ficticio Bartlett han tendido a representar posiciones algo más radicales que las de sus maridos.

En líneas generales, la izquierda ha tendido a promover una mayor separación entre el rol público y el familiar de las esposas de los políticos. Con suerte diversa.

Una curiosidad es el mimetismo que se ha establecido en los países de América Latina, la mayoría con sistemas políticos presidencialistas inspirados en el de los Estados Unidos. En algunos de ellos, ha tendido a diseñarse un cierto rol institucional para la llamada primera dama.

(Algunas de estas notas han sido citadas en el artículo "Los abrazos mediáticos del presidente", firmado por Rosario G. Gómez y Cristina F. Pereda, publicado en El País el 25 de enero de 2013)

 


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W hat I came to respect more about Bill Clinton was his instinctive sense about people. His contact with people impacted what he did. It energized him. He remembered what people said, just walking a road block shaking hands. Stan Greenbergg.

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Cómo ganar unas elecciones. Pere Oriol Costa, David Domingo...

White House Ghosts. Robert Schlesinger

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